
Deporte y cáncer de mama
enero 20, 2021Un informe de AESAN ha vuelto a poner sobre la mesa un problema mucho más grande: durante décadas, parte del conocimiento médico se construyó tomando el cuerpo masculino como referencia. ¿Cuánto sabemos realmente sobre la salud de las mujeres?
Hace unos días saltaba una noticia difícil de creer.
La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) anunció la revisión de un informe sobre los riesgos nutricionales de las mujeres durante la perimenopausia, menopausia y posmenopausia después de que varias científicas detectaran que algunos de los valores utilizados para elaborar sus recomendaciones procedían de investigaciones realizadas exclusivamente en hombres.
Sí: recomendaciones dirigidas a mujeres en una etapa biológica que solo atravesamos las mujeres apoyadas, en determinados puntos, en datos obtenidos en hombres.
Pero conviene explicar exactamente qué ocurrió, porque el problema es bastante más interesante que el titular.
No, no se “estudió la menopausia en hombres”
El informe de AESAN no es un ensayo clínico en el que se haya utilizado a hombres para estudiar la menopausia. Es una revisión científica destinada a identificar riesgos nutricionales y ofrecer recomendaciones para las mujeres durante la transición menopáusica y la posmenopausia. Fue aprobado por su Comité Científico en diciembre de 2025 y presentado públicamente en marzo de 2026.
El problema apareció al seguir el origen de algunos de los valores utilizados.
Sonia de Pascual-Teresa, investigadora del Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición del CSIC y miembro de AMIT, rastreó las referencias de la tabla de recomendaciones nutricionales y comprobó que determinados valores relacionados con la ingesta de hierro y vitamina C procedían de datos obtenidos en estudios realizados exclusivamente en hombres.
Las fuentes originales de la EFSA sí reconocían las limitaciones de esos datos y la necesidad de extrapolarlos ante la falta de información suficiente en mujeres. Esa advertencia no quedó explicitada adecuadamente en el documento de AESAN.
AESAN ha reconocido la “omisión de una advertencia” y ha solicitado a su Comité Científico la revisión del informe. La propia Agencia ha recordado, además, la necesidad de realizar más investigación para establecer recomendaciones específicas durante la transición menopáusica y la posmenopausia.
Y es precisamente ahí donde está la verdadera noticia.
La pregunta no es por qué había hombres en un estudio sobre menopausia
La pregunta es otra:
¿por qué cuando necesitamos responder determinadas preguntas sobre la salud de las mujeres seguimos encontrándonos con que no tenemos suficientes datos obtenidos en mujeres?
Porque cuando falta evidencia específica solo quedan dos posibilidades: reconocer que no sabemos la respuesta o extrapolar información obtenida en otra población.
Y durante buena parte de la historia de la medicina hemos hecho demasiado lo segundo.
No es una cuestión ideológica. Es un problema de validez externa: hasta qué punto los resultados obtenidos en una población pueden trasladarse de forma fiable a otra.
Y tampoco significa que todo resultado obtenido en hombres sea inútil para las mujeres. Compartimos muchísimo de nuestra fisiología. La cuestión científicamente relevante es otra: cuando el sexo puede modificar una enfermedad, un biomarcador, la farmacocinética o la respuesta a un tratamiento, necesitamos estudiarlo.
Carme Valls lleva 35 años hablando de esto
Para quienes llevan décadas trabajando en salud de las mujeres, la polémica de AESAN no resulta especialmente sorprendente.
En 1991, la doctora Carme Valls impulsó el programa Mujeres, Salud y Calidad de Vida, cuyo objetivo era precisamente recopilar evidencia científica sobre las diferencias y desigualdades de salud entre mujeres y hombres e investigar aspectos de la salud femenina que habían quedado invisibilizados o poco estudiados por las ciencias de la salud.
Han pasado 35 años.
Y merece la pena recordar por qué fue necesario empezar a hacer este trabajo.
Hubo un tiempo en que excluir a las mujeres estaba incluso recomendado
En 1977, las directrices de la FDA estadounidense recomendaban excluir a las mujeres con capacidad de quedar embarazadas de los primeros ensayos clínicos de medicamentos.
La decisión tenía un contexto: entre otras razones, existía un temor comprensible a producir daños fetales después de tragedias farmacológicas como la talidomida.
Pero aquel proteccionismo tuvo consecuencias.
La exclusión se aplicó de manera tan amplia que la propia FDA terminó reconsiderándola. En 1993 retiró aquella restricción y reconoció que excluir sistemáticamente a las mujeres de las primeras fases de investigación no era médicamente necesario y podía impedir obtener información relevante sobre posibles diferencias entre ambos sexos.
La paradoja es importante:
intentar proteger a las mujeres de la investigación también significó privarlas de conocimiento generado sobre sus propios cuerpos.
Y las consecuencias pueden aparecer mucho después.
Un ejemplo: el infarto
Durante años se ha repetido que los infartos “son diferentes” en las mujeres.
Hay que matizarlo.
El dolor o malestar torácico continúa siendo uno de los síntomas fundamentales del síndrome coronario agudo tanto en mujeres como en hombres. Las mujeres pueden presentar con distintas frecuencias otros síntomas asociados —disnea, náuseas, dolor en espalda, cuello, mandíbula o brazos—, pero presentar los síntomas femeninos como completamente distintos también puede generar un nuevo estereotipo.
Donde existe un ejemplo especialmente interesante es en algo mucho menos visible:
el propio valor utilizado para diagnosticar.
En 2015, un estudio prospectivo publicado en The BMJ analizó a 1.126 pacientes con sospecha de síndrome coronario agudo y comparó el diagnóstico utilizando un único umbral de troponina con el diagnóstico mediante troponina de alta sensibilidad y valores de referencia específicos según el sexo.
Con el método utilizado entonces, se diagnosticó infarto tipo 1 al 11 % de las mujeres.
Al aplicar troponina de alta sensibilidad con un umbral específico femenino, la cifra pasó al 22 %.
Se duplicó.
En los hombres, el cambio fue mucho menor: del 19 % al 21 % utilizando el umbral específico masculino.
Esto no significa que todos los biomarcadores deban tener siempre referencias diferentes para hombres y mujeres.
Significa algo mucho más importante:
si construimos un valor de referencia sin estudiar adecuadamente las diferencias biológicas de la población a la que queremos diagnosticar, podemos perder información clínicamente relevante.
También ocurrió con los medicamentos
Otro ejemplo muy ilustrativo es el zolpidem, un medicamento utilizado para el insomnio.
Tras años de comercialización, los datos farmacocinéticos mostraron que las mujeres eliminaban el medicamento más lentamente y podían mantener concentraciones sanguíneas mayores a la mañana siguiente.
En estudios analizados por la FDA, aproximadamente un 15 % de las mujeres que habían recibido 10 mg mantenían ocho horas después concentraciones asociadas a riesgo de deterioro de la capacidad de conducción, frente a alrededor de un 3 % de los hombres.
La FDA terminó modificando las recomendaciones y reduciendo para las mujeres la dosis inicial de las formulaciones de liberación inmediata:
de 10 mg a 5 mg.
Mismo medicamento.
Misma dosis inicial.
Pero no necesariamente la misma farmacocinética.
Y el problema empieza incluso antes de que exista un medicamento
Durante mucho tiempo el sesgo masculino no estuvo únicamente en los ensayos clínicos.
También apareció en la investigación básica y preclínica.
El propio National Institutes of Health estadounidense reconoce que, aunque actualmente las mujeres representan aproximadamente la mitad —y en los últimos años más de la mitad— de los participantes en la investigación clínica que financia, históricamente la investigación básica y preclínica se ha realizado con una dependencia excesiva de animales macho y células masculinas.
La cuestión llegó a ser suficientemente importante como para que el NIH introdujera una política específica.
Desde enero de 2016, los proyectos financiados por el organismo deben considerar el sexo como variable biológica —Sex as a Biological Variable (SABV)— en el diseño, análisis y comunicación de los estudios con animales vertebrados y seres humanos, salvo que exista una justificación científica sólida para estudiar un único sexo.
Y me parece especialmente significativo cómo lo plantea el propio NIH:
tener en cuenta el sexo no es una concesión política.
Es una cuestión de rigor, reproducibilidad y capacidad de generalizar los resultados científicos.
Incluso los coches nos cuentan la misma historia
La medicina no es el único campo donde aparece este fenómeno.
La seguridad vial también se desarrolló durante décadas fundamentalmente alrededor de modelos corporales masculinos.
Y no estamos hablando únicamente del pasado.
En enero de 2026, la National Highway Traffic Safety Administration estadounidense publicó un análisis que encontró un riesgo significativamente mayor para las mujeres en numerosos escenarios de lesión.
Entre otros datos, estimó:
un 46 % más de riesgo de lesiones moderadas o graves en choques frontales;
un 55 % más en vuelcos;
un 62 % más de riesgo de lesión de las extremidades inferiores en impactos frontales;
y un 128 % más de riesgo de lesión de pie y tobillo en esos impactos.
La NHTSA ha avanzado precisamente en el desarrollo e incorporación de maniquíes femeninos más sofisticados, como THOR-05F, para estudiar mejor estas diferencias.
Porque un cuerpo pequeño no es simplemente un cuerpo masculino reducido de tamaño.
¿Por qué ocurrió todo esto?
No existe una única explicación.
Influyeron la protección frente a posibles daños reproductivos, las políticas regulatorias, el miedo a las fluctuaciones hormonales como fuente de variabilidad experimental, la mayor complejidad de determinados diseños y una cultura científica que durante demasiado tiempo trató al varón como sujeto “neutro”.
Pero hay una idea especialmente importante.
La complejidad femenina no era el problema.
El problema fue tratar esa complejidad como algo que podía eliminarse del experimento y después asumir que los resultados seguirían siendo igualmente aplicables.
Excluir una variable puede simplificar un estudio.
No necesariamente mejora la ciencia.
A veces simplemente hace que sepamos menos.
¿Estamos mejor ahora?
Sí.
Y también aquí conviene huir de un relato demasiado simplista.
Decir que “la medicina sigue estudiándose en hombres” sin más sería incorrecto.
La inclusión femenina en investigación clínica ha mejorado enormemente. En la investigación financiada por el NIH, por ejemplo, las mujeres representan actualmente más de la mitad de los participantes clínicos.
Cada vez existen más políticas de inclusión, análisis desagregados por sexo y conciencia científica sobre la importancia de considerar tanto sexo como género cuando son relevantes para la pregunta investigada.
Pero haber alcanzado una representación numérica razonable no significa haber recuperado automáticamente décadas de conocimiento perdido.
No basta con que haya mujeres en un ensayo.
Importa qué mujeres, en qué edades y etapas hormonales, si existe potencia estadística para identificar diferencias, si los resultados se analizan por sexo y si las preguntas de investigación incluyen aquello que afecta específicamente a nuestra salud.
Y España acaba de mover ficha
El 15 de junio de 2026, el Gobierno anunció el programa “Somos. Contamos: Fin de la discriminación de las mujeres en la investigación de la salud”.
El compromiso anunciado es triplicar la inversión específica en I+D dedicada a la salud de las mujeres hasta alcanzar 18 millones de euros anuales.
El programa contempla investigación en áreas como:
dolor crónico, enfermedades autoinmunes y tiroideas, salud cardiovascular, salud mental, menopausia y salud hormonal.
E incluye tres grandes líneas: una misión específica a través del CDTI, una nueva línea de financiación vinculada al Instituto de Salud Carlos III y contratos predoctorales dirigidos a proyectos relacionados con estas áreas.
Es una buena noticia.
Pero 18 millones son el principio de una respuesta. No la reparación de décadas de desigualdad en el conocimiento.
La medicina que quiero para nuestro futuro
Yo quiero llegar a vieja sabiendo que la medicina que me atenderá también fue pensada para mí.
Quiero que sepamos qué ocurre con nuestro corazón, nuestros huesos, nuestro cerebro, nuestro metabolismo, nuestras hormonas, nuestra sexualidad y nuestra salud mental a medida que envejecemos.
No porque las mujeres seamos una excepción a la norma.
Sino porque somos aproximadamente la mitad de la humanidad.
Carme Valls lleva desde 1991 ayudándonos a ver algo que durante demasiado tiempo permaneció fuera de foco.
Quizá la noticia de estos días no sea que acabemos de descubrir que existía un problema.
La noticia es que cada vez resulta más difícil seguir ignorándolo.
Ahora falta hacer lo verdaderamente importante:
convertir esa visibilidad en preguntas de investigación, esas preguntas en evidencia y esa evidencia en mejor medicina.
Porque la igualdad en medicina no llegará cuando estudiemos a las mujeres “también”.
Llegará cuando dejemos de asumir que un único cuerpo puede representar a toda la humanidad.
Y todavía queda mucho por entender
La menopausia no es el único ámbito de la salud femenina al que durante demasiado tiempo hemos prestado menos atención de la que merecía.
Un ejemplo es la progesterona y todo lo que empieza a ocurrir cuando sus niveles descienden a partir de los 40: cambios que pueden afectar al ciclo, al sueño, al estado de ánimo, al metabolismo y a cómo atravesamos la perimenopausia.
Precisamente por eso escribí El poder de la progesterona: para explicar con rigor qué ocurre en nuestro cuerpo en esta etapa y, sobre todo, ayudarnos a entenderlo antes de asumir que determinados síntomas son simplemente “cosas de la edad”.
Conocer nuestro cuerpo también es una forma de tomar mejores decisiones sobre nuestra salud.
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Y si ya lo has leído, me encantará conocer tu opinión. Puedes dejármela en comentarios o compartir conmigo qué parte del libro te ha ayudado a entender mejor lo que te está ocurriendo.




